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Villacintor. El siglo del cambio.

Los primeros Veinte años

Por Juan Antonio Láiz Caballero

Tenemos de este siglo pasado muchos recuerdos, unos buenos y otros no tan buenos. Poco a poco hemos ido cambiando tanto de vida y costumbres como de usos agrícolas y ganaderos. Así, el carro de taronjos y ruedas totalmente de madera, unidas a eje de madera, por el remolque de treinta toneladas. La hoz por la cosechadora. El arado romano por el arado del tractor de cinco cuerpos. Los humildes edificios por los ladrillos blancos o de cara vista; estos edificios los hacían con mucha madera que cortaban en el monte. Por eso le dejaron pelado, sin robles, aunque nos legaron dos muy especiales: el <<roble Crespo>> y el << roble Mirador >>, de 40 metros de altura, que se veía desde León.

Cuando empezó el siglo, Villacintor tendría cuarenta y cinco vecinos.

Destacaremos de estas dos décadas varios apartados :
Su vestimenta: Hilaban y tejíanla lana; hacían calcetines, chaquetas, jerséis, etc. Con los telares hacían mantas de lino y lana, lienzo y un paño fuerte llamado estameña. De los lienzos hacían camisas, sábanas para la cama y demás. De la estameña, trajes con chaleco, anguarinas, manteos para las mujeres y chapines.
Para hilar y tejer la lana se juntaban tres o más familias, otros familiares y vecinos, en una casa. No
tenían luz eléctrica, usaban un quinqué y, de combustible, lucilina.
Las mujeres usaban el mantón de pelo, el chal de astracán tejido de lana y pelo de cabra con rizos, el manteo de ramo, el mantón del ramo a tres picos, también llamado de Manila.
Los rebaños de ovejas: Aparte de uno o dos que tuvieran rebaño solos, lo normal era componerlos entre varios vecinos que se llamaban coñameros. Los gastos o beneficios se repartían por gobiernos; cada diez ovejas, un gobierno. Los corderos a que los castraban y criaban varios años se llamaban carneros, y los sementales, marones. A los pastores también les mantenían y les daban las tres libras.
Los aparejos del pastor: Así los llamaban, de abajo a arriba: zapatos de piso de madera choclos; rodeando las pantorrillas, las angorras: una especie de pantalón o bragos; la zamarra (como un capote).
Si llovía o hacía frío, tenían la capa. Esto duró muchos años, hasta mediados del siglo XX. Un buen día, cuando yo tenía trece e años, iba a ayudar al pastor; era en el monte. Las ovejas pastaban y el pastor y yo, por no aburrirnos, corríamos uno tras otro: le ganaba yo con creces. <<Ponte tú los aparejos>, y los puse. Parecía un robot; había que estar acostumbrado para llevarlos con soltura.
Para medir las fincas hablaban de cargas, medias cargas, fanegas, cuartos, heminas y .celemines. La carga tiene cuarenta y ocho celemines. La hectárea tiene cien áreas; cada dos áreas, un celemín. La carga tiene cuatro fanegas; la fanega, dos cuartos, tres heminas y doce celemines.
Para medir el grano usaban las mismas medidas. En comparación con el kilo: la carga, ciento setenta; la media carga (que era un saco), ochenta y cinco; la fanega, cuarenta y dos; el cuarto, veintiuno; la hemia, doce; y el celemín, tres. Este se dividía en cuatro cuartillos de setecientos cincuenta gramos cada uno.
Para medir el vino y otros líquidos tenían: el cántaro hacía dieciséis litros; el medio cántaro, ocho; la cuartilla, cuatro; la azumbre, dos; y el cuartillo, medio.
Las monedas: El dinero corría poco. Usaban la permuta, pagaban con trigo. Tenían el billete de mil muy escaso-, de cien, de veinticinco. Tenían muchas que hoy no tenemos, de oro, plata y cobre. De oro, Ia onza de oro grande valía ochenta pesetas y la pequeña, veinte. También la dracma y la dobla, que valían a diez pesetas. Estas monedas de oro estaban bien guardadas porque. eran escasas, aunque a veces no tanto. De plata, el duro de cinco pesetas, de dos pesetas, de peseta y de real. De cobre, la perrina (cinco monedas), de perrona (la mitad), de ochavo (catorce), de dos ochavos, de maravedíes (treinta y cuatro), el céntimo veinticinco y los dos céntimos.
De medidas de longitud hablaban de la legua (cinco mil quinientos metros), la milla (la tercera parte); la vara, ochenta y cuatro centímetros; el pie, veintiocho centímetros; y la pulgada, veintitrés milímetros.
De peso tenían como medidas la arroba, la libra y la onza. La arroba, once kilos y medio; el kilo tenía dos libras y dos onzas; y la libra, dieciséis onzas.
Las medicinas: Para labios ensariados tenían un suavizante: la manteca de cerdo. Para heridas externas, las hojas chuponas, que se criaban en el campo, o ungüento cerato: cera y aceite bien batido (uno hacía de curativo y otro de suavizante). Se usaban el azufre y la manteca para curar empiznas de ganado vacuno o sarna de cabras: esto hace el efecto de las medicinas de farmacia como Mitigal y Barochol. Si una vaca se entelaba, le daban rajas de tocino rancio; y si una caballería tenía cólico, agua hervida con pericón o manzanilla y aguardiente, incluso para personas.
Para bajar Ia fiebre, agua de genciana. Para enfermedades de la sangre, ponían
sanguijuelas.
Los alimentos, poco variados y escasos, salvo alguno de los ricos. El principal es el pan, que se hacía en casa. Le seguían las legumbres y la carne de cerdo y patatas. Más tarde llegaron
unas carnes de América, decían que era de búfalo. Se llamaba tarajo y eran trozos grandes y en buen estado de conservación, pero duras; tenían que ser cocidas y estar antes en remojo un día o dos.
La economía de los ricos se mantenía. En los años quince al veinte algunos tenían arado de vertedera y, exactamente el año dieciocho, vino la primera máquina de segar. Pero la de los pobres decrecía.
La ganadería estaba en manos de los ricos. Las fincas, mal trabajadas, producían poco. Los habitantes aumentaban, la mortalidad era alta, sobre todo en los niños; pero la natalidad era mucho mayor.
Debido a esto vienen los problemas de los prestamistas. Se destacó uno, no importa de dónde vino, pero afincado aquí. En el mes de junio iba un vecino a su casa a pedirle una carga de trigo, le daba tres fanegas, y lo otro de crédito, a pagar en el mes de septiembre.
Bien entendido que le tenía que dar cuatro. Imagínense: ¡el veinticinco por ciento en tres meses!
Total, que el setenta y cinco por ciento de los menos favorecidos decidieron roturar el monte, que tenía nada menos que mil hectáreas. Los ricos, dueños de la mayor parte de la ganadería como les he dicho, y, lo que era peor, la Junta Vecinal (en sus manos) no querían roturar. Los otros se mostraron tan firmes que en los primeros años veinte les declararon la guerra. Se componía de dos partidos: los pobres -los Peletes- y los ricos -los Changarros-. No hubo cañones ni fusiles, pero se amargaban la vida los unos a los otros; por ejemplo, los Peletes les acotaban las fincas y de esta manera no podían ni pastar ni pasar por ellas sus ganados. Debido esa enemistad, los domingos y fiestas se hacían dos bailes; también había dos herreros y un sinfín de cosas que llenarían muchas páginas.
En fin, que así no podían estar mucho tiempo e hicieron las paces. Hicieron uso del garrafón y del jarro de azumbre; pero, eso sí, haciendo lo que los Peletes proponían: roturar. Y roturaron mucho. No con grandes máquinas como hacen ahora las cosas, sino con azadón. Venían cuadrillas de otros pueblos. Lo rompieron rápidamente y lo sembraban todos los años. Aquellos años coincidió que llovió mucho y, como la tierra recién roturada tenía mucho humus, producía de una manera tal que era la envidia de los grandes de Tierra de Campos. Venían a verlo; se metía un hombre de uno setenta en los trigales y no se le veía.
La economía explotó para todos, una verdadera revolución. Desaparecieron los telares y sus ropas.
La gente comía mejor, venían comerciantes, carniceros, pescaderos... ¡Y vaya bacaladas que traía de Mansilla! Ya tenían arado de vertedera; todos, casi todos, máquina de segar, mejores parejas de ganado, más ganadería de todas las clases, máquinas de limpiar, mejores herramientas, construían casas.
Al carro le cambiaron las ruedas por las normales de llanta y eje de hierro. Como anécdota, llega a Villacintor el primer modelo de olla exprés, el año veinticinco.
Cuando iban de hacendera lo hacían todos los hombres del pueblo. Solían ser trabajos como arreglar caninos, regueros, limpiar lagunas y regaderas que servían para coger el agua de las laderas y enfocarlo hacia las lagunas. Al final de la jornada les daban vino y, a veces, escabeche.
Para repartir el vino ponían un escanciador: del garrafón lo echaban a un jarro de barro de una azumbre, y para beber tenían dos vasos de cobre muy lujosos, con dos asas, que iban pasando de uno a otro. Cuando se vaciaba el escanciador, se echaba más. Como pueden observar, todos bebían por el mismo sitio, aunque tuvieran boceras.

Años Treinta

En la escuela y en la iglesia por cualquier fallo imponían duros castigos. Teníamos un maestro, al que yo debo lo poco que sé, que usaba dos varas de roble, una más gorda si era mayor el castigo y otra más delgada si era menor; incluso una regla de cobre en la cara que quedaban las rayas marcadas para un rato. Pero si mucho pegaba el maestro, no digamos el CUM. <Indias>... decía. Con motivo o sin él, yo diría sin control, te hinchaba de <Indias>. No usaba herramientas, siempre daba con la mano.
Nos metemos en lo peor del siglo, en el año 36. Se acerca la guerra civil. Pero en este pueblo no hubo nada.

En esta época vinieron unos señores a dar un discurso que se celebró en casa del cura;
un vecino dé aquí salió antes de terminar y hacía ruido con las madreñas. Cuando estalló la guerra
civil, vinieron a por él los de la Falange. El cura fue a por él andando a Sahagún, que está a dieci-
siete kilómetros, y lo trajo vivo.
No hubo rencores, no había motivos para ello. Tan sólo hubo que lamentar la muerte de uno de los
muchachos que fueron al frente. Por esta época el pueblo seguía con interés el desarrollo de la guerra por las primeras radios.

Años Cuarenta.

Años de posguerra. Se pasó hambre en España, pero aquí no. Teníamos los principales alimentos: pan, legumbres, patatas, el cerdo y otros. Pero sí escasez de ropas, y había que vestir a muchos, porque fue cuando más concentración de gente hubo. Llegamos a ciento veinticinco vecinos, con derecho a bienes comunales. Teníamos un médico que lo curaba todo, no hacía falta ni Residencia, ni practicante ni escayolista.
La economía subía. El régimen de Franco nos hacía llevar una cantidad de trigo a la panera, contro lada por el llamado Servicio Nacional del Trigo. Nos lo pagaban muy poco. Nunca era todo: el resto se vendía al estraperlo a un precio muy alto.

Años Cincuenta

Se hizo el primer frontón de ladrillo, siendo ésta la principal diversión junto con el baile. No quiero dejar de contar lo siguiente: a primeros de los cincuenta, a consecuencia de la segunda guerra mundial, las crías de yeguas multiplicaron su valor por veinte o más. Valía una mula como cuatro vacas.
Quien tuvo suerte, se aprovechó y aumentó su economía.
Al final de los cincuenta llegan los primeros televisores. Se roturó en el monte una buena cantidad, pero ahora con tractores.

Años Sesenta

Los que habían estudiado se marchaban fuera a ejercer; otros ya casados buscaban mejor vida en la ciudad: total que ya se notaba que decrecíamos. A los que quedábamos nos tocaba más cantidad de campo para labrar, a veces el triple de terreno y más.
En estos últimos años se hizo la concentración parcelaria. Las fincas pequeñas tan difíciles de arar y más de segar se convirtieron en lotes de diez, quince y más hectáreas.
Empiezan a llegar las vacas de leche y las primeras neveras.

Años Setenta

No es que se marcharan muchos, es que quedamos muy pocos. Los jóvenes a estudiar, la escuela se cerró. Digo quedamos pocos, pero cada uno con un tractor. Se llenó de tractores. Se ponen las primeras cuadras de vacas de leche; se ordeña y se vende ya en cantidad que en adelante  Fué una fuente de ingresos más que interesante.
En estos años se perfora un pozo artesiano y se instala una báscula grande para pesar tractores y camiones. También llega el teléfono público puesto por el Ayuntamiento

Años Ochenta

Se instala el agua corriente y se disfrutan las ventajas que conlleva: cuartos de aseo, lavadoras (se acabó el ir a lavar a las pilas), etc.
Se empiezan a asfaltar las calles y se ponen unas cuarenta hectáreas de choperas comunales.

Años Noventa

En los años noventa se construye un parque de cinco mil metros cuadrados, con zonas verdes, árboles de jardín. En él se colocará la estatua de un sembrador, hecha y donada por un escultor del pueblo.
Se hace el consultorio y se instalan teléfonos particulares. Se instala el alumbrado público sin escatimar focos. También la Junta Vecinal hace un buen camino de circunvalación. Se lleva a cabo la concentración de las antiguas viñas.
Se organiza la Asociación Cultural y Hogar del Pensionista <<Santa Eulalia>> que cuenta con doscientos veinte socios repartidos por toda España y hasta en el extranjero, que nos honran con su presencia en verano y siempre que pueden.

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